miércoles, 12 de abril de 2017

RATONCITOS CIEGOS

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Tres ratoncitos ciegos merodeaban por la celda de la hermana Sofía. Cada vez que la hermana tomaba su misal y se ponía a rezar vísperas, salían las colas largas de una rejilla en la pared. A juzgar por las apariencias, la única función de la rejilla es circular la ventilación, si no es para eso, es una rejilla inútil, casa de ratónes y otros mundos paralelos a la imaginación de la hermana Sofía, que siempre tuvo una vívida imaginación.

La hermana continúa rezando pero con el rabo del ojo, vigila cómo los ratoncitos salen uno a uno, con la sutilidad del que anda de puntillas para no hacer ruido, se siguen el uno al otro tanteando el ambiente con los bigótes. Son casi identicos en el tamaño y el color café descolorido, pero uno de los ratones tiene rota la oreja izquierda  “la derecha” se corrige la hermana Sofía, quien fue llamada por la Madre Superiora para ser amonestada por no bajar a ayudar en la preparación del merienda.

“Me quedé pasmada. Siempre me pasma la mirada de los condenados” se justifica la monja restregandose las manos con nerviosismo en el hábito negro.

- ¿Cuándo comenzó ese lío de los ratones?
- A las pocas semanas de mi traslado
  • Y ¿Antes, nunca antes, en el otro convento, nunca?
  • No, Madre...No se encuentran ratones ciegos a cada rato, ratones sí, primero en el dispensario, luego se les colocarón trampas en cada rincón, y las criaturas optaron por trasladar lo que quedaba de la manada al hueco bajo las escaleras, en poco tiempo se recuperaron en número. Por las noches se paseaban por el comedor, en la cocina, y en los botes de la basura; así subsistían. No eran gordos, pero tampoco eran ciegos.
  • ¿Cómo sabe hermana que son ciegos?
  • Los ojillos briosos tienen una velo opaco...como los pescados muertos- Describe la hermana Sofía con tono de agitación

La Madre Superiora suspira incrédula y a la vez convencida de que seguir con el cuento de los ratones, no llevará a ninguna parte.

-¡Válgame Dios!-se persigna la Madre Superiora. Hace cinco meses de su traslado, ya no debe ser novedad la habitación, así que tampoco puede seguir siendo excusa para faltar a sus labores, recuerde sus votos de obediencia.

La madre Sofía sale algo desalentada de la oficina, se dirige a su celda directamente. Al entrar a la habitación se deja inundar un instante por la luz del atardecer que entra por la pequeña ventana alta, allí se filtra la realidad del encierro con la realidad externa, una realidad inalcanzable para la hermana Sofía. Pero para las partículas de plvo que flotan ingrávidas en la luz no es imposible ser parte de otros mundos. La monja abre el cajón del buró de donde saca su misal. Entrega su voluntad a las palabras que lee, al instante escucha el rumor que proviene de la rejilla oculta en la penumbra, tras de la luz. En seguida empieza el desfile de ratoncitos. La madre escucha sin moverse y observa por encima del misal.
De pronto, el ratoncito de la oreja rota, que parece guiar al resto, se detiene con los ojos puestos en la hermana Sofía, esta coloca el misal en la cama, se levanta y sigue a los ratoncitos ciegos sin darse cuenta de sus pasos. Esa noche, los ratones desaparecieron junto con la hermana Sofía, de quien no se ha sabido nada a pesar de la ardua busqueda que el convento ordenó al siguiente día.


Beatriz Osornio Morales. Imagen de la red.

Nota: Este cuento lo debí haber publicado en el sol de los ciegos, pero dado que ya lo subí, aquí lo dejo, espero les guste.

6 comentarios:

jfbmurcia dijo...

Se han marchado a un clínica oftalmológica, o tal vez sonó el instrumento del flautista de Hamelin. Saludos.

Ester dijo...

Nunca sabremos que ha sido de ellos, acaso en otro cuento reaparezcan pero no creo. El cuento aqui queda muy bien y a mi me gusta. Un abrazo

Rafael dijo...

Es una historia muy tierna.
Un abrazo.

Jova dijo...

Hola, que bonito, la llamaban a la libertad y veían con los ojos del alma. Saludos y besos.

José A. García dijo...

La llevaron a dejar de lado su ceguera, en este caso ese misal que en todo momento se encontraba en sus manos.

Como ya no es ciega, pudo escapar de su encierro.

Fin.

Saludos,

J.

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Me ensalmó grandemente, Beatriz, este cuento de los ratoncitos ciegos. El final, qué buen cierre: mágico- Un abrazo. Carlos

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